El revoltijo era babilónico. Avanzaba sin saber por qué o a dónde, nomás así, por seguir andando. Chorreaba sudor, pero, no obstante, lo sacudían los escalofríos. Su cabeza no paraba de escurrir y empaparle el rostro, anegándole los ojos y llenándoselos de ardor por la sal; pero en su cuerpo, desde su estómago radiante, circulaba un torrente de sangre fría que lo tenía cianótico y trémulo: hirviendo de la cabeza, pero congelándose del cuerpo.
Todo eso era físico o, mejor dicho, el efecto carnal de lo de adentro. Ya hacía semanas —bueno, estuvieron ahí desde que tuvo conciencia, pero se habían revitalizado hacía unas tres— que resurgieron las voces.
El calor de la tarde, que lo abrasó hasta dejarle la carne requemada durante su deambular, fue dando paso a un atardecer fresco. El viento se soltó poco antes del crepúsculo y fue arreciando en andanadas de falanges muy frías que envolvían o atravesaban todo cuanto se moviera.
Temblando, dio vuelta en una esquina y lo envolvió una bolsa de aire invernal. Cayó de rodillas estremecido. Se convulsionaba de tal forma que parecía que el efecto térmico lo consumiría. Su cabeza se desplomó en el piso y extendió los brazos como esperando, al fin, el fin.
A corta distancia, unos ladridos encabritados lo hicieron reaccionar. Tiritando y con grandes esfuerzos enderezó la cabeza y miró: atestiguó que tres perros pardos habían dimitido en sus reyertas personales y ahora lo miraban con ojos centelleantes, con los hocicos fruncidos y enseñándole los colmillos.
Como pudo se levantó y echó a correr, pero el impulso y la ferocidad de los animales se impusieron en breve; en unos instantes le cayeron encima.
Escuchó sus gruñidos en los oídos, las dentelladas cuando le rasgaban la piel y los colmillos rechinando de lujuria mientras elegían la carne más blanda. Manoteó, se defendió y, en un acto inaudito, una de las voces de adentro le dijo exactamente qué hacer. Sujetó al más feroz de los tres por el hocico con ambas manos, para distenderle las fauces después con tal rencor e ímpetu que las quijadas tronaron. La cabeza del perro reventó en borbotones de huesos, sangre y coágulos que lo empaparon todo y sofrenaron la rabia de los otros dos.
Por un momento, los animales, asesinos de corazón, terminaron de despedazar el cuerpo del caído. Mientras tanto, el hombre, horrorizado por su propia acción y por toda la inmundicia que lo cubría, se aterió de tanto frío y más, ante la ferocidad de esos dos adversarios temibles y vivos; los perros, que se le fueron encima de nuevo.
Rodó junto con ellos defendiéndose, pero en verdad lo estaban vapuleando. Sentía mordidas por todas partes y de todas las intensidades imaginables. Tiraba puñetazos, gritaba, se revolvía como podía, pero ese par lo tenía exactamente donde lo quería.
De pronto, el viento dejó de soplar y su ulular, que se colaba entre los ramales de los truenos, se disipó. El cielo negro, sin nubes ni estrellas, fue cruzado en un santiamén por una bandada de tordos. Se escuchó entonces un grito atronador y los perros se detuvieron como si fuesen estatuas. Se levantó una polvareda de cenizas de ópalo negro; entonces las bestias aullaron y corrieron despavoridas hasta perderse en la negrura. Cuando amainó la ráfaga de tierra oscura emergió un hombre de entre ellas y se le acercó.
Era un indio muy viejo, tanto que no había forma siquiera de calcularle los años de tantas arrugas en el rostro, y muchas tantas más radiándole los ojos y sumiéndoselos muy al fondo, mucho más atrás del fondo de todas las cosas, como dos flamillas apenas encendidas por un rencor inagotable. La nariz le cubría casi todo lo que le restaba de mejillas y la boca, de labios gruesos, se movía lentamente, como enseñándole al tiempo la pausa y el recomienzo; apenas con unos dientes carcomidos y cafés y con un aliento tan gélido que le escarchó las pestañas y los ojos cuando, por fin, le dijo:
—Aquí no es. Anda sobre tus pasos, Agustín, y encontrarás tu morada. Está al final, no te distraigas. Ya no tienes tiempo.
Lo miró tenazmente, hasta que Agustín, sin dejar de temblar, se levantó con los ojos anegados y restregándose donde sentía las mordidas. Se puso de pie como se endereza un tullido de muchos años y así le dio la espalda al viejo y a su frío insoportable.
Dejó de escuchar. No es que estuviera sordo, fue solo que el mundo se cayó por completo para su perdición.
Dobló la esquina y de súbito regresó el ruido, el mundo con su implacable ferocidad y, desde luego, las voces. Llegaron de a poco mientras avanzaba por una acera conocida, flanqueado por las fachadas lóbregas de su colonia en ruinas.
Primero escuchó a la más cuerda, que, muy airada, le gritaba que apretara el paso para llegar ya, que era muy tarde. Como un parpadeo llegó otra en franca oposición, refutando lo que decía el ronco, y con su voz afectada espetó:
—¡Ignora a ese imbécil! ¿Qué prisa? Si ya sabemos el destino.
Pero Agustín le respondió aterido:
—¡El frío es insoportable! ¡Mira cómo tiemblo! Me mata la hipotermia, ¿qué no lo ves?
Y la voz pedante le respondió en el acto:
—¡En mayo! En una canícula que dura las veinticuatro horas, cobarde.
La voz ronca regresó, se le asomó a oír por los ojos y poseyó sus manos, que lo atenazaron del cuello ahogándolo. Como un susurro o una maldición, le dijo, no obstante, con toda claridad:
—¡Tú ya entraste en el invierno, estúpido! Y, además, ¡agonizas!
Se sintió libre de la opresión del lúcido ronco, ya no lo vio. Entonces, un tumulto, un desconcierto de gritos, exigencias y promesas incumplidas lo asediaron como si fuesen su aura.
Envuelto en ese miasma de diatribas mentales y murmullos plañideros, encontró por fin su casa. Se hurgó los bolsillos, tanto los delanteros como los traseros, y nada encontró. Las voces lo maldecían, le escupían ignominias por su estupidez y descuido.
Desesperado, se recargó sobre la puerta y se dejó caer. El frío regresó. Las voces despertaron. Revelaciones, representaciones e imaginaciones; todo envuelto como uno y, por tanto, como nada: lo inconmensurablemente incomprensible.
Las escuchó primero a ellas, una a una; sus quejas, sus resentimientos, sus deslealtades. Luego a ellos, desde el que fue su padre, pero nunca estuvo, repasando a los hermanos que lo sojuzgaron con golpizas y amenazas y lo volvieron su esclavo cuando su madre murió. Después a uno o a una, a este o a ese. Y de nuevo a todas ellas. En orden o al unísono, junto con ellos también, furiosos y gritando sin cesar.
Fue cuando la serpiente de escamas de obsidiana y metal brillante emergió y posó suavemente su cabeza en su palma. Vio al viejo de nuevo frente a él, con una sonrisa indescifrable y, ahora, con unos ojos como brasas al rojo vivo. El reptil se engarzó en su brazo y ascendió con él hasta su sien.
El viejo le preguntó con una voz gutural que envolvió al mundo, lento, pero brutalmente, mientras el hocico de la serpiente mordía con voracidad su carne:
—¿Ya acalló todas las voces?
Y Agustín clamó por el fin de sus suplicios. Entonces el reptil, de una mordida desaforada, le arrancó la carne y el hueso encima de su oreja y lo perforó para devorar lo que le restaba de masa encefálica.
El reporte periodístico narró en la nota roja que un pobre alienado, bajo los efectos alucinatorios por consumo de LSD, en su ansiedad se cortó los brazos y las piernas múltiples veces, hasta que al final, en ese estado impredecible y lamentable, se enterró su cuchillo por encima de la oreja, muriendo al instante.