Las noticias reportan múltiples homicidios durante la noche, mientras los hondureños sorben su café mientras los privilegiados se preparan para ir a sus trabajos. Hace años que los muertos son ruido de fondo, parte del día a día.
En una casa abandonada en la periferia de San Pedro Sula, a pocas cuadras de una posta policial, linternas inertes alumbran paredes y techos derrumbados. La naturaleza empieza a devorar los grafitis. M6, dicen.
Pero esta vez algo cambió. La gente se reúne en cafés y tiendas por todo el país, con la mirada fija en los televisores y el oído pegado a la radio. Las noticias siguen contando muertos, aunque no los que uno esperaría.
Una mujer, que no parece tener más de veinticinco años, llora en el suelo. Las linternas apenas alcanzan a iluminar sus piernas amoratadas y su cabello apelmazado. Tres hombres tatuados y desnudos la rodean, riéndose.
―Tu turno, perrito ―dice uno de ellos, tomando un cigarrillo.
El segundo deja una botella de tequila sobre la mesa y se relame. La mujer se retuerce. Quiere gritar, pero la sedación le pesa en el rostro y un trapo le cubre la boca. Lo único que puede hacer es cerrar los ojos.
“Se reporta otro pandillero decapitado, esta vez colgado en la autopista”, dice un presentador. Entre la multitud se oyen murmullos, risas y rezos. Todos tienen algo que decir.
Uno de los hombres la agarra de una pierna y se burla de su llanto, mientras el otro se prepara para hacer lo que vino a hacer, acariciando la vulnerabilidad, hiriendo un futuro, una vida. Entre sollozos y risas, el del cigarrillo pide silencio.
Suena el rodar de una lata.
En la oscuridad, una linterna ilumina el marco de la ventana y, frente a ella, empieza a esparcirse un humo blanco. Los hombres corren hacia sus armas, tiradas junto a las botellas de tequila.
―¡Son las garzas! ―grita el más borracho, y empieza a disparar hacia el techo y las ventanas.
Los tres intentan responder, pero el humo no los deja respirar. Se tallan los ojos, se limpian los mocos e intentan inhalar, sin éxito.
De entre las sombras surge una figura. Sin un gesto de más, agarra a uno de los hombres por la garganta y lo empuja contra los otros dos. Luego, con un cuchillo, se la desgarra y lo deja sangrando y retorciéndose en el suelo.
El siguiente recibe un disparo en el pulmón izquierdo. También cae retorciéndose, pero de su boca no sale sonido alguno. Abre los ojos y la mandíbula hasta donde no dan más, mientras su rostro va tomando, poco a poco, el color de la lavanda.
Al tercero lo deja con vida. La figura lo toma de la quijada y lo obliga a mirarla a los ojos. Son los de un demonio, grandes y brillantes. Una capucha le cubre la cabeza y de ella cae una capa que ondea con el viento. Todo su atuendo es oscuro, pero carga un fusil, aquellas latas malditas, varios cuchillos, unas tijeras y, colgando de su chaleco antibalas, un bote de pintura blanca en aerosol.
Otras dos figuras entran por las ventanas, envuelven a la mujer en una manta y, sin decir palabra, se coordinan a la perfección para sacarla de ahí y brindar primeros auxilios. Su consciencia, despierta a medias, logra pronunciar una palabra: “Gracias”
En cuanto al hombre del cigarrillo, una linterna le ilumina la espalda, cubierta de principio a fin por un tatuaje. “M6” dice con orgullo.
El demonio lo arrastra hasta afuera y lo tira en la cama de una camioneta doble cabina. Arrancan: el pandillero y el demonio, juntos.
En una vía principal, el encapuchado lo toma otra vez de la quijada y lo avienta contra el asfalto. Desnudo, cubierto de mocos y lágrimas, sin fuerzas para pelear, hace un último esfuerzo para responder.
―Por mi barrio nací… ―murmura con dificultad―, y por mi barrio moriré.
El encapuchado le clava un cuchillo en el estómago.
―Felicidades entonces ―le dice, con una voz grave y trastornada.
El pandillero se queja, pero eso no impide que sus verdugos lo levanten y le amarren el cuello a una valla publicitaria.
“¡Ven y disfruta de Hondufest!”, dice el anuncio, aunque el código QR para inscribirse queda tapado por su espalda tatuada y pálida. Sobre su nuca cuelga una manta negra con unas palabras escritas en pintura blanca:
“Inutilis lex, sed lex”.